Principios de magiología (II): La imagen distorsionada

09.05.2017

El problema principal al que nos enfrentamos a la hora de tratar acerca de la magia, la hechicería y la brujería, es que toda percepción que recibimos desde las fuentes escritas está distorsionada, ya por el imaginario del autor o por su erudición, que lo incapacita para tener una visión respetuosa de la creencia mágica.

El mago - utilizaré este término para referirme tanto a hechicero como brujo, cuando la distinción no sea necesaria - siempre aparecerá como culpable de sus actos, aquellos que realizan una alteración aunque no se crea en ella o no se entienda su mecanismo, o como víctima, por los mismos motivos antes mencionados. Y sin embargo, si regresamos a un tema ya tratado en Principios de magiología (I), hay un punto que merece ser repasado. La lengua franca de Europa era el latín, pero lo era exclusivamente en ambiente eclesiástico y en las altas esferas culturales. Si difícilmente un campesino medieval conseguía reconocer y leer algunas palabras, ¿cómo se suponía que iba a lograr memorizar y pronunciar versos latinos, o peor aún, griegos, persas o hebreos? El argumento de la magia rústica como un sistema social común parece caer sobre su propio peso. La magia rural, por tanto, debía ser reconocida como el estrato cultural vivo más antiguo, pero eso contradecía la idea de una cultura de libro que por desgracia se extiende hasta nuestros días. Arnau de Vilanova (1240 -1311) tildaba de ignorantes, en especial a las ancianas herbólogas, a quienes recitaban conjuros en latín sin tener ni idea de su significado, dejándose llevar. Así ocurría que en conjuros de amor se podían mezclar plegarias a Lucifer con tres Ave María.

La criminalización de la magia se dio desde siempre no sólo, como ya se comentó, por la confusión de magia benéfica y maléfica bajo el mismo nombre, sino también debido a cuestiones sociales y políticas. La ley romana de las Doce Tablas exponía castigos para quienes realizasen encantamientos con fines maléficos, pero no ataca a la aruspicina u otros medios adivinatorios, cosa que sí hizo el emperador Constantino, pero aquí ya se entra en cuestiones religiosas y políticas, pues las prácticas de este tipo parecían encontrarse más entre la comunidad pagana y la judía, y también para poder, bajo el pretexto legal, acusar a rivales políticos del crimen magiae. Debe señalarse que una de las normas principales contra la magia hacía referencia especialmente a reuniones secretas de individuos, lo que lleva a pensar más en rebeliones que en primitivos aquelarres. Aunque se le dedicará un apartado especial, hay que mencionar que sólo la astrología, quizás por mencionarse en los textos sagrados, no corrió la misma suerte que las demás prácticas mágicas. Se veía en ella cierta ciencia, pues no se podía negar que toda la Creación tenía una estructura y orden no aleatorias que a su vez condicionaban al resto de elementos: la influencia de los astros, por tanto, era un agente natural como cualquier otro. Isidoro de Sevilla la había dividido en astrología naturalis, lícita, matemática, científica, y la superstitiosa, que quedaba prohibida por su pretensión adivinatoria.... Mas de la una a la otra no había siquiera un paso, si bien mucha desembocó en vana charlatanería. Era imposible, en un principio, deslindar astrología de astronomía. Pero aún cuando se hizo, para no contradecir que el hombre no puede tener un destino marcado, pues la teoría del libre albedrío quedaba coja, se comenzó a hablar de "inclinaciones" que orientaban al hombre. De este modo, quedaba ya en manos del marcado por los astros si confiaba en ellos o no.

Cualquier culto a los antiguos dioses y espíritus, metamorfoseados por el cristianismo en demonios o falsos ídolos, era más fácil de reunir bajo el apelativo mágico. Por ello mismo, la superstición no podía ser aceptada como "costumbre", sino como algo maligno, y la figura del mago pasaba a ser la de una persona que conscientemente cometía el crimen. Además de todo esto, desde el principio se hicieron referencias a argumentos de libertinaje sexual, que en la Edad Media tomarían los nombres de incubus y succubus según el sexo del pecador, lo que añade un nuevo argumento a la búsqueda de normativa moral y legal, en cuanto a la consideración sagrada del acto sexual, la virginidad y el matrimonio. Desde el S. VII se redactaron índices de supersticiones y ritos paganos para su mejor identificación, no se efectuaba la pena de muerte, sino que la pena de muerte iba para aquél que, creyendo que sabía de un mago, lo ejecutaba, en lugar de desterrarlo o rectificar sus acciones y su fe, o imponerle una cuantiosa multa, como promulgó por ejemplo Carlomagno en el S. VIII.

Hubo alguna disputa acerca de, si toda la Creación pertenecía a Dios, como el planteamiento de Guillermo de Auvernia (1180-1249), que hablaba de la amplitud de la misma y por tanto la cabida de todos los seres mitológicos conocidos. Por desgracia, todo quedaba en que sí, había energías secretas, pero los demonios las pervertían y aquél que hacía uso de ellas seguía el ejemplo demoníaco. El miedo inculcado al Infierno cristiano provocó que las acusaciones de magia se centrasen más en el individuo, por el simple hecho de realizarla, que en sus consecuencias directas, con lo que por fin, y por desgracia, tomó forma el castigo físico y mortal, que ya no tenían problemas para reconocer la práctica mágica sólo en supuestas reuniones o conversaciones, porque se encontraban figuritas de cera claveteadas o rellenas de sangre, como aquellas de las que se acusó de atentar contra la vida del Papa Juan XXII al obispo de Cahors, Hugo Géraud. El estado de paranoia que se extendía hacia individuos con poderes sobrenaturales entre las gentes sencillas, unido al miedo de pérdida de poderío de la cristiandad en altas esferas llevaron a las ejecuciones numerosas y desordenadas que conocemos de estos siglos oscuros, con la consecuente privación de testimonios fuera de las condenas y manuales de identificación como el Malleus Malleficarum (ca. 1430),donde las preguntas que se hacían a los acusados de brujería nos sirven para saber qué se pensaba que se hacía, pero no la realidad: interesante ver que, aparte de preguntarles acerca de la pérdida de su fe, se les preguntaba también si sabían leer y escribir, pues de los pactos demoníacos debía quedar algún registro. Los cronistas también nos sirven para ver bajo qué pretextos o supuestas acciones mágicas se llevaban a cabo acusaciones y arrestos, así como comprobar que uno de los graves problemas de las acusaciones era la búsqueda de cómplices. Y que, en la mayoría de los casos, las acusaciones caían sobre mujeres.

Incluso en la Edad Moderna, las mujeres estaban privadas generalmente del dominio cultural, lo que las convertía en un sector entendido como de fácil manipulación, cuánto más en zonas rurales. De una mujer que se salía de sus roles, o peor, con ciertos conocimientos reservados a los hombres, podía suponerse que tenía algún contacto brujeril. Muchas de estas afirmaciones, por citar un ejemplo, caían sobre las comadronas por ayudar en momentos tan delicados como los partos, pero esto, unido a la imagen de una mujer estigmatizada, a la alta mortalidad de lactantes y a horribles tratados sobre brujería donde la sangre y sacrificios de infantes estaban expuestos como pruebas inequívocas de adoraciones diabólicas, llevaba a conclusiones demasiado precipitadas en muchos casos. Lo mismo ocurría con las no casadas o las viejas viudas, donde se creía que el diablo tenía más cabida, ya que ellas se veían privadas, entre otros, de placeres carnales.

Cabe mencionar que las cazas de brujas no llegaron a todas partes igual. Incluso zonas europeas, con la influencia Ortodoxa, o el mediterráneo (sí, en la Península Ibérica se concentraron muchísimo más en la zona de los Pirineos, y al igual en la zona norte italiana), y otras secciones de Escandinavia. No obstante, tenemos también el ejemplo Islandés, que en su aislamiento, persiguió más a brujos que a mujeres, y cuyo número de víctimas en tan reducido espacio compite con las del delirio persecutorio continental.

La evolución que se desarrolló en siglos posteriores, donde el estudio de la magia ocupaba puestos universitarios, tanto a favor de su estudio como ciencia, como en contra de ella, y el resurgir, que no renacer, de la magia ya en el S.XVIII, con el valor oculto y esotérico actual, se examinará con detenimiento en Principios de magiología (III)

Por Pietro Viktor Carracedo Ahumada - pietrocarracedo@gmail.com

Bibliografía: 

Daxelmüller, Christoph, Historia social de la magia. Empresa Editorial Herder, 1997, Barcelona
Giralt, S., Magia y ciencia en la Baja Edad Media: la construcción de los límites entre la magia natural y la nigromancia, (c. 1230 - c. 13101= Universitat Autònoma de Barcelona Clio&Crimen nº 8 (2011)

Larner, C. Witchcraft and Religion: The politics of popular Belief, B. Blackwell, Oxford, 1984

 Stewart P. J.; Strathern, A. Brujería, hechicería, rumores y habladurías, Akal, Madrid, 2008

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